¿La muerte del comunismo?
Alain Badiu
comienza cuestionándose si podemos denominar y a la vez ser testigos de la muerte
del comunismo, cuando el nosotros al que
interrogamos como figura ya se ha vuelto inoperante mucho antes. El “nosotros comunista” es un concepto que
hoy ha perdido la multiplicidad representada por lo Uno.
¿Qué significa comunista desde la filosofía?
Idea igualitaria, el anhelo de cesación del Estado, lucha por una singularidad
sin predicado.
El “nosotros” como
subjetividad militante estaba obsoleta mucho antes del paradigma estatal
soviético al que se había anudado la historia del comunismo. El paradigma
soviético cumplió un papel fundamental en la debilitación y crisis. En
subjetividad la historia del comunismo no está unida a la objetivación del
mismo. Cuando la subjetividad política se vuelve incapaz de sostener por sí
misma, en pensamiento y en acto, la singularidad de su trayecto, entonces, no
hay otro referente que el Estado. Esa ruina atestigua no la muerte del
comunismo sino los temibles efectos de su falta.
¿El triunfo de la democracia?
Sobre la muerte del
comunismo nace un modelo de civilización, contable (cita a los muertos iraquíes
que están fuera de toda numeración). Triunfo de un marxismo vulgar, positivista
que anuncia la primacía absoluta de la economía, enunciado sobre el que nadie
tiene la menor duda sobre su veracidad.
El contenido
sustancial de toda democracia es sobre la máxima de hacerse rico, la propiedad
como esencia de toda civilización.
Lo oscuro y penoso
del momento es el curso en el devenir de los acontecimientos políticos,
derrumbe del sistema partido-Estado, modo estalinista de la política moribundo
sin la posibilidad aparente del despliegue de otro modo de la política. De
todas formas, nada excluye la posibilidad de que seamos captados por lo que
otro pueblo es de nuevo capaz.
En la actualidad
democracia designa una forma de gobierno, la representación parlamentaria, cuyo
protocolo base es la elección y cuyo lugar es el sistema del Estado-partidos.
En la actualidad la democracia es “parlamentarismo” y se establece una relación de compromiso a
nivel propagandístico y valorizador con ella. Este compromiso tiene dos características:
Subordina la política exclusivamente al lugar estatal y al hacerlo, anula de
hecho a la política como pensamiento. (político =gestor) y exige como condición
reguladora la autonomía del capital, los propietarios, el mercado.
Podemos llamar a nuestra
democracia “capital-parlamentarismo”. Estamos, políticamente, en el régimen de
lo Uno, y no en el de lo múltiple. Modo único que combina la eficacia económica
(lucro propietarios) con el consenso popular.
Si este sistema es
la forma política en la que se realiza razonablemente la humanidad entera, esto
significa que es digno de la humanidad, o es conmensurable con la Idea de
humanidad. Esto es lo que el filósofo no puede admitir.
Derecho, Estado, Política
No existe un mundo
como significado universal cuando tiene que estar protegido de los bárbaros con
perímetros que delimitan mediante filtros reglamentarios quién tiene derecho a vivir
en él.
El mundo comunista
podía aspirar a ser el mundo porque su Idea era la
emancipación. ¿Es posible sustituir esta pretensión por la de la mercancía y el
propietario?.
El ideólogo que,
una vez asegurada la circulación del capital, asegura un simulacro de
circulación de ideas, nos dice que es en el Derecho en el que se establece esa
Humanidad universal. Esta categoría del
Derecho, tal y como es manejada por el Ideólogo, funciona como una categoría
circulante entre la política y la filosofía. El derecho funciona como tema de
especulación (véase Hegel), es el intervalo discursivo entre la idealidad y lo
real del poder.
¿Cuáles son las implicaciones filosóficas de
la suposición de que el Derecho sería una categoría fundamental de la política,
e incluso la categoría mediante la cual podemos retomar la consigna del
universalismo revolucionario difunto?
Partimos de que no
se niega que el Derecho es una categoría absolutamente importante del Estado.
Pero, ¿qué es un Estado de derecho?, El Estado, entendido como estado de una
situación, es lo que asegura la cuenta estructural de las partes de esa
situación. Decir que este estado es un Estado de “derecho” significa que la
regla de cuenta no propone a ninguna parte en particular como paradigma del
ser-parte en general. En otras palabras, ningún subconjunto (nobleza, clase obrera,
religiosos…) es mencionado en una función especial en cuanto a la operación
mediante la cual los otros subconjuntos son enumerados y tratados.
La cuenta estatal
es validada por un conjunto de reglas, las reglas de derecho, que son válidas
para todos los subconjuntos que el Estado registra como subconjuntos. El Estado
únicamente tiene relación con partes, o subconjunto no con el sujeto o
individuo. Aun cuando en apariencia trate a un individuo, lo que él toma en
consideración no es la infinidad concreta de este individuo, sino esa infinidad
reducida a lo Uno de la cuenta, es
decir, al subconjunto del cual este individuo es único elemento y que los
matemáticos llaman singleton. Cuando el Estado es de derecho, quiere decir
que la relación con el individuo-contado-como-uno se establece de acuerdo con
una regla, y no por medio de una evaluación cuya norma sea un subconjunto
privilegiado. La relación entre el Estado y los individuos concretos es
abstracta. Pasa por la puesta-en-uno de esa multiplicidad infinita que es cada
situación “individual”. La ley de cuenta que sostiene la operación del Estado
es el sistema de reglas por un lado, encarnación de una Idea en un subconjunto
particular por el otro.
Ninguna regla,
puede garantizar por sí misma un efecto de verdad, pues ninguna verdad es
reductible a un análisis formal.
La única
legislación interna del Estado de derecho es que funcione. Este funcionamiento
no enuncia, a partir de sí mismo, la relación que mantiene o no con la
categoría filosófica denominada Verdad. Si el Estado de derecho es el “fondo” de
la aspiración política, entonces la política no es un procedimiento de verdad.
La evidencia empírica viene a confirmar la inferencia lógica.
Cuando el derecho
es presentado como categoría central de la política, el Estado parlamentario es
indiferente a la filosofía. A la inversa, cuando el Estado burocrático o Estado
partido (sociedades políticas del Este) pregona una filosofía, que es la de su
legitimidad, podemos estar seguros de que se trata de un Estado de no-derecho.
El único enunciado
filosófico que puede salvar a la filosofía como tal, y que autoriza a discernirla de aquello que la corrompe, es
el siguiente: el derecho no debe ser puesto en el centro de la política,
pero tampoco tiene que ser excluido de
su campo. Ahora bien, la política, por lo mismo que es una condición de la
filosofía, es un proceso subjetivo de verdad. El Estado no es ni su eje primero
ni su encarnación.
Finalmente, lo que
las sociedades del Este y del Oeste tenían en común era la identificación de la
política con el Estado, único lugar efectivo, para estas sociedades, del
procedimiento político, al que identificaban con las cuestiones del poder. Pero
la esencia de la política, desde la filosofía, no es de ninguna manera el poder
o la cuestión del poder, es la emancipación de lo colectivo.
El derecho, como
categoría de la subjetividad política, sólo se sostiene en forma de consenso
que confirma, valida, reproduce la pareja fundamental de la economía (capital
financiero y mercado) y la representación (parlamentarismo). Todo desvío
respecto de este consenso es sancionado, en particular con la indiferencia.
Indiferencia que afecta singularmente a la filosofía.
Este espectáculo
del mundo sugiere al filósofo la crisis en general, no sólo la del
Estado-partido del Este, también la del Estado-partidos del Oeste. Se trata de
la perturbación a la que es arrojado el mundo por haber agotado sus efectos el
enunciado milenario que identifica la política con el Estado. El fin del
comunismo desvitaliza a toda subjetividad política que pretenda unir la
coacción estatal con la universalidad liberadora.
La ruina de toda
presentación estatal de la verdad inaugura este comienzo. Todo está por ser
inventado.
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