domingo, 1 de junio de 2014

DE UN DESASTRE OSCURO de Alain Badiu, Amorrortu Editores.

¿La muerte del comunismo?

Alain Badiu comienza cuestionándose si podemos denominar y a la vez ser testigos de la muerte del comunismo,  cuando el nosotros al que interrogamos como figura ya se ha vuelto inoperante mucho antes.  El “nosotros comunista” es un concepto que hoy ha perdido la multiplicidad representada por lo Uno.
 ¿Qué significa comunista desde la filosofía? Idea igualitaria, el anhelo de cesación del Estado, lucha por una singularidad sin predicado.
El “nosotros” como subjetividad militante estaba obsoleta mucho antes del paradigma estatal soviético al que se había anudado la historia del comunismo. El paradigma soviético cumplió un papel fundamental en la debilitación y crisis. En subjetividad la historia del comunismo no está unida a la objetivación del mismo. Cuando la subjetividad política se vuelve incapaz de sostener por sí misma, en pensamiento y en acto, la singularidad de su trayecto, entonces, no hay otro referente que el Estado. Esa ruina atestigua no la muerte del comunismo sino los temibles efectos de su falta.

¿El triunfo de la democracia?

Sobre la muerte del comunismo nace un modelo de civilización, contable (cita a los muertos iraquíes que están fuera de toda numeración). Triunfo de un marxismo vulgar, positivista que anuncia la primacía absoluta de la economía, enunciado sobre el que nadie tiene la menor duda sobre su veracidad.
El contenido sustancial de toda democracia es sobre la máxima de hacerse rico, la propiedad como esencia de toda civilización.
Lo oscuro y penoso del momento es el curso en el devenir de los acontecimientos políticos, derrumbe del sistema partido-Estado, modo estalinista de la política moribundo sin la posibilidad aparente del despliegue de otro modo de la política. De todas formas, nada excluye la posibilidad de que seamos captados por lo que otro pueblo es de nuevo capaz.
En la actualidad democracia designa una forma de gobierno, la representación parlamentaria, cuyo protocolo base es la elección y cuyo lugar es el sistema del Estado-partidos. En la actualidad la democracia es “parlamentarismo” y  se establece una relación de compromiso a nivel propagandístico y valorizador con ella. Este compromiso tiene dos características: Subordina la política exclusivamente al lugar estatal y al hacerlo, anula de hecho a la política como pensamiento. (político =gestor) y exige como condición reguladora la autonomía del capital, los propietarios, el mercado.
Podemos llamar a nuestra democracia “capital-parlamentarismo”. Estamos, políticamente, en el régimen de lo Uno, y no en el de lo múltiple. Modo único que combina la eficacia económica (lucro propietarios) con el consenso popular.
Si este sistema es la forma política en la que se realiza razonablemente la humanidad entera, esto significa que es digno de la humanidad, o es conmensurable con la Idea de humanidad. Esto es lo que el filósofo no puede admitir.

Derecho, Estado, Política

No existe un mundo como significado universal cuando tiene que estar protegido de los bárbaros con perímetros que delimitan mediante filtros reglamentarios quién tiene derecho a vivir en él.
El mundo comunista podía aspirar a ser el mundo porque su Idea era la emancipación. ¿Es posible sustituir esta pretensión por la de la mercancía y el propietario?.
El ideólogo que, una vez asegurada la circulación del capital, asegura un simulacro de circulación de ideas, nos dice que es en el Derecho en el que se establece esa Humanidad universal.  Esta categoría del Derecho, tal y como es manejada por el Ideólogo, funciona como una categoría circulante entre la política y la filosofía. El derecho funciona como tema de especulación (véase Hegel), es el intervalo discursivo entre la idealidad y lo real del poder.
 ¿Cuáles son las implicaciones filosóficas de la suposición de que el Derecho sería una categoría fundamental de la política, e incluso la categoría mediante la cual podemos retomar la consigna del universalismo revolucionario difunto?
Partimos de que no se niega que el Derecho es una categoría absolutamente importante del Estado. Pero, ¿qué es un Estado de derecho?, El Estado, entendido como estado de una situación, es lo que asegura la cuenta estructural de las partes de esa situación. Decir que este estado es un Estado de “derecho” significa que la regla de cuenta no propone a ninguna parte en particular como paradigma del ser-parte en general. En otras palabras,  ningún subconjunto (nobleza, clase obrera, religiosos…) es mencionado en una función especial en cuanto a la operación mediante la cual los otros subconjuntos son enumerados y tratados.
La cuenta estatal es validada por un conjunto de reglas, las reglas de derecho, que son válidas para todos los subconjuntos que el Estado registra como subconjuntos. El Estado únicamente tiene relación con partes, o subconjunto no con el sujeto o individuo. Aun cuando en apariencia trate a un individuo, lo que él toma en consideración no es la infinidad concreta de este individuo, sino esa infinidad reducida a lo Uno de la cuenta, es decir, al subconjunto del cual este individuo es único elemento y que los matemáticos llaman singleton.  Cuando el Estado es de derecho, quiere decir que la relación con el individuo-contado-como-uno se establece de acuerdo con una regla, y no por medio de una evaluación cuya norma sea un subconjunto privilegiado. La relación entre el Estado y los individuos concretos es abstracta. Pasa por la puesta-en-uno de esa multiplicidad infinita que es cada situación “individual”. La ley de cuenta que sostiene la operación del Estado es el sistema de reglas por un lado, encarnación de una Idea en un subconjunto particular por el otro.
Ninguna regla, puede garantizar por sí misma un efecto de verdad, pues ninguna verdad es reductible a un análisis formal.
La única legislación interna del Estado de derecho es que funcione. Este funcionamiento no enuncia, a partir de sí mismo, la relación que mantiene o no con la categoría filosófica denominada Verdad. Si el Estado de derecho es el “fondo” de la aspiración política, entonces la política no es un procedimiento de verdad. La evidencia empírica viene a confirmar la inferencia lógica.
Cuando el derecho es presentado como categoría central de la política, el Estado parlamentario es indiferente a la filosofía. A la inversa, cuando el Estado burocrático o Estado partido (sociedades políticas del Este) pregona una filosofía, que es la de su legitimidad, podemos estar seguros de que se trata de un Estado de no-derecho.
El único enunciado filosófico que puede salvar a la filosofía como tal, y que autoriza  a discernirla de aquello que la corrompe, es el siguiente: el derecho no debe ser puesto en el centro de la política, pero  tampoco tiene que ser excluido de su campo. Ahora bien, la política, por lo mismo que es una condición de la filosofía, es un proceso subjetivo de verdad. El Estado no es ni su eje primero ni su encarnación.
Finalmente, lo que las sociedades del Este y del Oeste tenían en común era la identificación de la política con el Estado, único lugar efectivo, para estas sociedades, del procedimiento político, al que identificaban con las cuestiones del poder. Pero la esencia de la política, desde la filosofía, no es de ninguna manera el poder o la cuestión del poder, es la emancipación de lo colectivo.
El derecho, como categoría de la subjetividad política, sólo se sostiene en forma de consenso que confirma, valida, reproduce la pareja fundamental de la economía (capital financiero y mercado) y la representación (parlamentarismo). Todo desvío respecto de este consenso es sancionado, en particular con la indiferencia. Indiferencia que afecta singularmente a la filosofía.
Este espectáculo del mundo sugiere al filósofo la crisis en general, no sólo la del Estado-partido del Este, también la del Estado-partidos del Oeste. Se trata de la perturbación a la que es arrojado el mundo por haber agotado sus efectos el enunciado milenario que identifica la política con el Estado. El fin del comunismo desvitaliza a toda subjetividad política que pretenda unir la coacción estatal con la universalidad liberadora.
La ruina de toda presentación estatal de la verdad inaugura este comienzo. Todo está por ser inventado.



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